Este texto lo escribí en una libreta de creaciones, una moleskine de tapas beige, fina, en la que solía escribir cuando estaba inspirado. El texto hace referencia a las «noches de Retamar», en el verano de 2015, en una convivencia de verano en que subimos a la azotea por pasadizos secretos para contemplar la lluvia de estrellas en la noche de San Lorenzo. Ahora hace tiempo que ya no escribo. Lleva fecha de 6 de junio de 2019, jueves:

Recuerda aquellos cuatro intrépidos que se adentraron en el mundo de lo prohibido para gozar del firmamento.
Recuerda aquella noche en que fuimos poetas, aquella noche, bajo la lluvia de estrellas, tocamos la eternidad.
Recuerdo el momento en que me invitaron a subir, la promesa de un lugar mágico, donde ser auténticos, donde sentarse a escribir poesía, o simplemente contemplar el firmamento.
Recuerdo aquel poema, leído de noche, en una sala llena, aquel poema que me abrió horizontes nuevos, que me sorprendió por su gran calidad y belleza. Aquel que derribó los prejuicios infundados, los que me había hecho sobre su autor.
Aquella noche sentí la energía, la potencia de la poesía.
Fundamos nuestro propio club de poetas muertos.
Después de este texto, separada por una línea, hay una anotación a modo de diario:
Hoy, recordando todas esas escenas, vuelvo a escribir. Hoy renuevo mi vocación literaria, hoy vuelvo a contemplar el mundo con los ojos del poeta:
Vuelvo a sentir la necesidad de escribir, de expresar, de dejar huella, de desnudarse ante uno mismo y dejarlo impreso.
No tengo la potencia interior de aquella noche. No tengo ya esa pasión que quema por dentro… O sí, solo hay que hacerla surgir.
Hoy es un día propicio para recordar al adolescente que quiso ser escritor. Fuera llueve, cae el agua sobre la tierra, la empapa y la fecunda. Yo también quisiera llover. Que el agua resbalase por mi interior y purificase mi ser. Que fecunde mi escritura.
Tras otra línea, otra anotación:
Un día más te han dado las 2 de la madrugada, has cerrado el libro que estabas leyendo, ahora ya no importa cuál, ya no piensas en el argumento. Fuera llueve. Tú estás fumando, contemplando el corcho en que tienes clavadas las cosas que se supone que te inspiran. Miras la entrada a la casa de Lorca, recién añadida, tiene un retrato de él en su cuarto, apoyado en el escritorio, con el cartel de «La Barraca» en la pared. Esperas que inspire tus versos. Y sigues fumando, pensando en tu vida, pensando en el Arte, queriendo crear.
Fuera sigue lloviendo, oyes la lluvia en su murmullo, su arrullo. Pero tú no llueves, aún.





